Cuando la discapacidad llega a mitad del camino: seguir trabajando también debería ser una opción

seguir trabajando también debería ser una opción

Hace unos años escuché una frase que se me quedó grabada:

«La enfermedad me cambió muchas cosas, pero no me borró todo lo que sé».

Y, sin embargo, muchas veces parece que el mundo laboral funciona justo al revés.

Cuando una persona adquiere una discapacidad a causa de una enfermedad, un accidente o las secuelas de un tratamiento, solemos fijarnos en lo que ha perdido. En lo que ya no puede hacer. En las limitaciones que han aparecido.

Pero raramente nos detenemos a pensar en todo lo que sigue conservando.

Porque una enfermedad puede afectar a la movilidad, a la energía o a la concentración. Puede hacer imposible mantener el mismo ritmo de antes. Lo que no suele hacer es borrar veinte años de experiencia, el conocimiento acumulado, la capacidad de resolver problemas o las ganas de seguir aportando.

Y quizá ahí esté una de las conversaciones pendientes de nuestra sociedad.

¿Por qué seguimos pensando que solo existen dos opciones? Seguir trabajando también debería ser una opción.

Trabajar como antes o dejar de trabajar.

Muchas personas con discapacidad sobrevenida sienten que se encuentran atrapadas entre esos dos extremos.

No pueden mantener una jornada completa. No pueden asumir exactamente las mismas funciones. No pueden responder a las mismas exigencias.

Pero eso no significa necesariamente que no puedan trabajar.

Quizá pueden hacerlo cinco horas al día en lugar de ocho o necesitan teletrabajar más días, o requieren pausas más frecuentes.

Quizá simplemente necesitan que alguien se pregunte qué ha cambiado y qué sigue siendo posible. Porque la capacidad laboral no siempre es una cuestión de todo o nada.

Nadie está a salvo de una discapacidad sobrevenida, aunque a veces hablamos de discapacidad como si fuera algo que les ocurre a otras personas.

La realidad es muy distinta. Puede aparecer después de un cáncer. Tras un ictus. Después de un accidente de tráfico. Como consecuencia de una enfermedad neurológica, cardiovascular o degenerativa.

Y a cualquier edad y en cualquier etapa vital, puede llegar a los 30 años, a los 45 o a los 60.

Puede afectarnos a cualquiera. No estamos libres nadie.

Por eso resulta sorprendente que todavía sigamos organizando muchas empresas como si todos los trabajadores fueran a mantener intactas sus capacidades durante toda su vida profesional.

La experiencia nos demuestra que eso no ocurre.

Las personas cambiamos: nuestro cuerpo cambia, nuestra salud cambia y las organizaciones deberían estar preparadas para acompañar esos cambios.

El trabajo también forma parte de la vida. No es solo un salario. Para muchas personas también es independencia, relaciones, rutina, mantener la cabeza ocupada. Es sentir que siguen formando parte de algo. y sentirse útil.

Por supuesto, nadie vale más por trabajar. Y nadie debería sentirse obligado a hacerlo si su situación de salud no se lo permite.

Pero también es cierto que muchas personas desean continuar con su proyecto profesional y se encuentran con barreras que poco tienen que ver con su capacidad real y mucho con la falta de flexibilidad del sistema.

Después de una enfermedad grave, hay quien necesita reconstruir muchas piezas de su vida, conservar parte de su actividad profesional puede ser una de ellas.. Quieren volver a ser la persona que eran antes, y aunque eso muchas veces es imposible.

Las empresas tampoco deberían perder ese talento

Pensemos en una persona que lleva quince o veinte años trabajando en una organización. Conoce los procesos, a los clientes, a los equipos y la cultura de la empresa.

Una enfermedad puede hacer que ya no pueda trabajar ocho horas diarias en su lugar de trabajo,. ¿Significa eso que todo ese conocimiento deja de tener valor de un día para otro?

Lo lógico sería preguntarse qué puede seguir aportando y qué necesita para hacerlo.

Algunas veces la respuesta será una adaptación del puesto. Otras, un cambio de funciones. Otras, una jornada más reducida.

No siempre será posible y cada situación deberá analizarse de forma individual. Pero quizá la primera reacción no debería ser asumir que esa etapa profesional ha terminado.

Ha llegado el momento de abrir el debate

En los últimos años la legislación ha avanzado en materia de inclusión y ajustes razonables. Es una buena noticia.

Pero todavía quedan muchas preguntas por responder.

¿Qué ocurre con quienes pueden trabajar parcialmente, pero no al cien por cien?

¿Qué alternativas existen para quienes quieren seguir vinculados al empleo sin poner en riesgo su salud?

¿Cómo evitamos que una reducción de jornada se convierta en una penalización profesional?

Son cuestiones complejas, sí. Pero precisamente por eso conviene hablar de ellas.

Porque entre la plena capacidad y la incapacidad total existe una amplia zona gris donde viven miles de personas. Personas que no están pidiendo privilegios, ni tratamientos especiales.

Simplemente están planteando una pregunta muy razonable:

«Si todavía puedo aportar, ¿por qué no buscar la manera de que pueda seguir haciéndolo?»

Quizá la discapacidad sobrevenida no siempre signifique que una carrera profesional ha terminado. A veces significa algo mucho más sencillo: Que necesitamos dejar de exigir a las personas exactamente lo mismo que antes para poder seguir contando con todo lo que todavía pueden ofrecer.

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